Noticias | - 1:06 pm
Si hay una trampa en la que muchos caemos, es creer que, por hacer lo correcto y cumplir con nuestras responsabilidades, estamos viviendo de la mejor manera. Sin embargo, podemos seguir aferrados a cosas o personas, o tomar decisiones que nos impiden cambiar y crecer, mientras pensamos que estamos llevando una vida correcta.
Un ejemplo de esto son las personas que asisten a una iglesia y escuchan una prédica, pero no la ponen en práctica. En esos casos, no hay una verdadera entrega a Dios, mucho menos una fe bíblica puesta en práctica.
Espiritualmente, cuando alguien es así, es porque aún tiene el corazón dividido y su fe no está definida. Como consecuencia, su fe puede comenzar a enfriarse.
Esto sucede porque la persona mide su relación con Dios por lo que hace para Él, en lugar de examinar su condición espiritual y humillarse delante de Él.
Ahí es donde radica la importancia de tener una relación con el Espíritu Santo y desarrollar una fe sobrenatural.
Antes de examinar lo que presentamos a Dios, debemos comprender la importancia del corazón con el que lo buscamos.
Por eso, la Biblia nos dice:
«Me invocaréis, y vendréis a rogarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón» (Jeremías 29:12-13).
¿Qué significa buscar a Dios de todo corazón?
Aquí, Dios promete escuchar a quien lo busca. Pero hay una condición: uno tiene que buscarlo de todo corazón, es decir, con sinceridad.
Todos tenemos debilidades, errores y pecados que nos impiden seguir adelante. Ahí es donde entra la humildad, pues debemos reconocerlos.
Algo que todos debemos entender es que la sinceridad es indispensable en nuestra relación con Dios. No se trata solamente de buscar a Dios por buscarlo, sino de cómo lo buscamos.
Una persona puede orar constantemente y, al mismo tiempo, continuar aferrada a actitudes o comportamientos que no está dispuesta a cambiar.
Para tener una relación con Él basada en esta sinceridad de la que estamos hablando, debemos estar dispuestos a examinarnos y renunciar a aquello que nos aleja de Él.
¿Estamos buscando a Dios de todo corazón o todavía nos aferramos a cosas que no estamos dispuestos a entregarle?
Nuestra fe no puede estar dividida, porque cuando no estamos definidos, nos dejamos llevar por las emociones y no por la fe.
La Biblia nos enseña esto a través de la historia de Caín y Abel:
«Y aconteció que, al transcurrir el tiempo, Caín trajo al Señor una ofrenda del fruto de la tierra. También Abel, por su parte, trajo de los primogénitos de sus ovejas y de la grosura de los mismos. Y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero a Caín y su ofrenda no miró con agrado. Y Caín se enojó mucho y su semblante se demudó» (Génesis 4:3-5).
¿Presentar algo a Dios significa automáticamente que nuestra adoración es sincera?
Caín se enojó al ver que Dios no miró con agrado su ofrenda. Pero aquí vemos una diferencia: Abel no solo le entregó algo a Dios, sino lo mejor que tenía.
El mensaje no se centra únicamente en la ofrenda, sino también en lo que esta puede revelar sobre nuestra condición espiritual delante de Dios.
El acto de dar no sustituye la necesidad de mantener una relación sincera con Dios. Nuestras acciones deben reflejar una fe genuina y no simplemente el cumplimiento de una obligación.
Porque, al final, no se trata solamente de lo que hacemos para Dios, sino de cuánto de nuestra vida estamos realmente dispuestos a entregarle.