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Dios ama a todos, tanto a los que lo obedecen como a los que no. Por eso sacrificó a Su Hijo para llevar el pecado de toda la humanidad. Sin embargo, si una persona rechaza ese sacrificio, de nada le aprovechará.
Pero para que exista una relación, tiene que haber acuerdo.
Así como en un matrimonio debe haber acuerdo entre ambas partes para que funcione, también nuestra relación con Dios requiere una respuesta de nuestra parte. Dios ya demostró Su amor al entregar a Su Hijo, el Señor Jesús, para morir por nosotros en el Calvario. Ahora nos corresponde a nosotros decidir si aceptaremos o rechazaremos lo que Él hizo por nosotros.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán.” (Romanos 8:13)
Es decir, si vivimos según nuestros propios deseos y voluntades, terminaremos alejándonos de Dios. Pero si decidimos negar nuestra propia voluntad y obedecer la dirección del Espíritu Santo, tendremos vida.
Cada persona decide a quién servirá. Todos hacemos aquello que creemos que debemos hacer, pero cuando nos entregamos a los deseos de la carne, vivimos fuera de la voluntad de Dios. En cambio, cuando seguimos la voz del Espíritu Santo, caminamos en la dirección que Él ha preparado para nosotros.
La realidad es que nosotros mismos decidimos el destino de nuestra alma.
Si escuchamos, obedecemos y seguimos la Palabra de Dios, viviremos eternamente con Él. Pero si elegimos ignorarla y seguir nuestro propio camino, sufriremos las consecuencias de esa decisión por toda la eternidad.
Dios, en Su amor y misericordia, nos dejó Su Palabra para guiarnos.
¿Quiere saber qué es lo mejor para su vida? ¿Quiere vivir una eternidad con Cristo? Entonces escuche la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios es la fuente de vida. Es la voz del Espíritu Santo guiando a los hijos de Dios.
Dios no es un dictador. Él no impone Su voluntad sobre nadie. Por el contrario, nos ha dado la libertad de elegir y decidir nuestro propio destino.
Algo parecido ocurre en una familia. Mientras los hijos son pequeños, suelen escuchar la voz de sus padres. Sin embargo, al crecer, muchos deciden ignorar sus consejos y terminan pagando un alto precio por no escuchar a quienes querían protegerlos. Lo mismo sucede cuando una persona deja de escuchar la voz de Dios.
Dios nos dio Su Palabra para que podamos vivir en paz, tener una conciencia limpia y disfrutar del propósito que Él ha preparado para nosotros.
Aunque todos tenemos acceso al bien y al mal, ¿cómo podemos diferenciarlos correctamente? Solamente por medio de la Palabra de Dios.
Sin embargo, la decisión final sigue estando en nuestras manos.
La Biblia enseña que cosechamos aquello que sembramos.
Si usted obedece lo que es bueno, cosechará los frutos del bien.
Pero si decide seguir sus caprichos, los deseos engañosos del corazón o la rebeldía, cosechará los frutos del mal.
Y eso es completamente justo.
Dios es amor, pero también es justicia.
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia…” (Mateo 6:33)
Dios nos dio la capacidad de razonar, pensar y actuar con inteligencia para llegar a conclusiones correctas sobre lo que debemos y no debemos hacer.
Por eso, su futuro está en sus manos.
¿Qué va a elegir?
“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios que, aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.” (Romanos 6:16-18)
Notas tomadas de la Palabra Amiga del Obispo Macedo — 15 de junio de 2026.