Noticias | - 4:52 pm
Todos, en un momento u otro, tenemos el deseo de estar con alguien. Una persona que nos muestre interés, iniciativa, respeto y compromiso. Pero lo que sucede muchas veces, especialmente cuando alguien nos atrae físicamente, es que dejamos de ser nosotros mismos para agradar a la otra persona.
En una relación, no podemos hacerlo todo por la otra persona. En el caso de muchas mujeres, pueden desear tanto que una relación funcione que terminan enviando mensajes todo el tiempo, buscando constantemente a la otra persona, organizándolo todo, comprando de todo, tomando siempre la iniciativa y facilitando demasiado la relación.
Es decir, no le dan espacio a la otra persona para demostrar si realmente está interesada.
Cuando escuchamos “dar espacio”, muchas veces nos da miedo o pensamos que vamos a perder a la persona. Pero dar espacio, en realidad, es “dejarse conquistar”. No significa que uno se vaya a convertir en una persona indiferente, sino permitir que la otra persona también la busque, tome la iniciativa y se esfuerce.
Una relación saludable no debería depender solamente del esfuerzo de una persona.
Dar espacio también es importante. Supongamos que dos personas hablan desde que se despiertan hasta que se van a dormir; puede llegar un punto en el que ya no se extrañen. Uno también tiene que darle espacio a la otra persona para que tenga su propio tiempo y pueda valorar la relación. Esto también permite que ambos tengan algo nuevo que compartir cuando vuelvan a hablar. Estar en una relación no significa tener que estar conectado con la otra persona cada minuto del día.
Por eso, la Biblia nos enseña lo siguiente: “No busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido” (1 Corintios 13:5).
El amor bíblico no es egoísta ni obsesivo, sino que busca el bienestar de la otra persona. Lo más importante es que ambos estén en la misma fe para entender esta base bíblica.
Muchas veces queremos tanto que algo funcione que insistimos, aunque no dé fruto. Pero lo más importante es recordar esto:
“Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).
Es decir, una relación es mutua, no unilateral. Muchos pueden amar de palabra, pero pocos lo demuestran con acciones e iniciativa.