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Hay personas que solo llegan hasta la puerta de su meta. Por ejemplo, algunas comienzan una carrera universitaria, estudian y adquieren muchos conocimientos, pero no logran graduarse ni trabajar en esa profesión. Este tipo de persona muchas veces vive triste porque conoce su potencial, pero no hace nada para llegar a donde debería estar. Su interior le grita que no es feliz realizando su trabajo actual, pero, aun así, no hace nada para cambiarlo.
De esta misma manera, muchos tratan su alma. Hay personas que conocen acerca de Dios, pero solo llegan hasta la puerta de los cielos.
Por eso, la Biblia nos enseña lo siguiente: “Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasaba por la ciudad. Y un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico, trataba de ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, ya que él era de pequeña estatura” (Lucas 19:1–3).
Aquí vemos a Zaqueo, un hombre que ocupaba una posición muy importante dentro de su clase social. Era jefe de los recaudadores de impuestos y muy rico. Es decir, materialmente lo tenía todo.
Sin embargo, a pesar de todo lo que poseía, Zaqueo entendía que tenía un problema espiritual. Como judío, conocía las enseñanzas de la Torá, que comprende los primeros cinco libros de la Biblia.
En aquellos días, las Escrituras se estudiaban principalmente en la sinagoga, que podría compararse con la iglesia de nuestros días. Zaqueo conocía la religión, pero todavía no había experimentado una transformación interior. En otras palabras, había llegado hasta la Puerta de los Cielos, pero aún no había tenido un encuentro directo con el Señor.
¿Será fácil tener un encuentro directo con el Señor?
Zaqueo quería ver al Señor Jesús, pero tenía que superar el obstáculo de la multitud. De la misma manera, muchos de nosotros enfrentamos pruebas o dificultades. Queremos acercarnos al Señor Jesús, pero tenemos obstáculos que debemos superar.
Espiritualmente, no es fácil ver al Señor Jesús. Debe existir un verdadero deseo y una entrega sincera. Zaqueo, además, era de baja estatura. Es decir, todo parecía estar en su contra.
La Biblia continúa: “Y corriendo delante, se subió a un sicómoro para verle, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa. Entonces él se apresuró a descender y le recibió con gozo” (Lucas 19:4–6).
¿Por qué hay personas que no han tenido un encuentro con Dios, cuyas vidas no han sido transformadas y que aún no han recibido la salvación?
Ellas aún no han tenido la fe de Zaqueo, que lo impulsó a correr y esforzarse por conocer al Señor Jesús. Él no esperó, porque entendió que la oportunidad de recibir la salvación era en ese momento.
Volviendo al ejemplo, muchos tratan su salvación como si fuera una carrera que pudieran dejar para después. Por esa razón, no reciben la transformación ni la salvación. Pero, como podemos ver en la historia de Zaqueo, cuando nos entregamos y obedecemos, el Señor Jesús entra en nuestra vida.
“Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado” (Lucas 19:8).
¿Por qué Zaqueo actuó así?
Ese era el peso del pecado que Zaqueo llevaba en su conciencia. Todas las personas que aún no han tenido este encuentro cargan con ese peso. Esta es la voz del mal que busca acusarlas.
Pero observe: el Señor Jesús no lo acusó.
Zaqueo sabía que su corazón estaba puesto en las riquezas y en las cosas materiales. Por eso, demostró una entrega sincera y decidió apartarse de sus malos caminos.
“Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que él también es hijo de Abraham” (Lucas 19:9).
Es en ese momento cuando Zaqueo no solo se quedó a la puerta de los cielos, sino que entró, porque recibió la salvación.
Pero, si observamos un poco más, su entrega fue tan sincera, pura y radical que la salvación no solo llegó a Zaqueo, sino también a toda su familia. Zaqueo no se quedó a la puerta: por medio de su fe, arrepentimiento y entrega, la puerta de los cielos se abrió para él y para su familia.