Noticias | - 9:19 am
Toda meta que nos ayuda a avanzar exige que pensemos profundamente en lo que vamos a hacer. También debemos asegurarnos de que nuestras decisiones no provengan simplemente de las ideas de otras personas. No se trata de pensar según las ideas de una iglesia o una religión, sino de permitir que Dios nos guíe hacia nuevos horizontes por medio de Su Palabra.
Así sucedió con el pueblo de Israel: después de ser liberado de Egipto, tuvo la fe para avanzar hacia la Tierra Prometida. Eso requirió determinación, perseverancia y una actitud firme frente a la resistencia.
Por extraño que parezca, el pueblo de Israel terminó viendo su llegada a la Tierra Prometida como algo natural, casi de la misma manera en que nosotros damos por sentado el hecho de nacer o despertar cada mañana. Sin embargo, ambas experiencias pueden considerarse milagros, porque la vida nunca debe darse por sentada.
De la misma manera, Israel comenzó a tratar como algo común aquello que Dios había hecho y dejó de luchar por todo lo que aún faltaba conquistar.
Es ahí donde la historia de la conquista de Jerusalén y de la fortaleza de Sion trae importantes enseñanzas para quienes viven una fe basada únicamente en la costumbre:
“Mas a los jebuseos, habitantes de Jerusalén, los hijos de Judá no pudieron expulsarlos; por tanto, los jebuseos habitan hasta hoy en Jerusalén con los hijos de Judá” (Josué 15:63).
Jerusalén formaba parte de la tierra que Dios había entregado a Israel. Sin embargo, los jebuseos resistieron y el pueblo no logró expulsarlos. Esta situación permaneció durante muchos años porque Israel aceptó convivir con el problema. Lo mismo les sucede a muchas personas en la actualidad.
¿Será que muchas personas están viviendo una fe basada en la costumbre?
Muchos viven de la gloria del pasado. Por ejemplo, la selección de fútbol de Brasil lleva más de 20 años sin ganar un Mundial. El equipo sigue siendo considerado bueno, pero principalmente por sus logros pasados, no porque la selección actual haya ganado uno.
De muchas maneras, Israel vivía en una condición similar: se había acostumbrado a su situación y a conformarse con lo poco que tenía. El pueblo pensaba que expulsar a los jebuseos era imposible.
Como resultado, terminó viviendo como si no fuera la voluntad de Dios expulsarlos de la Tierra Prometida y como si tuviera que convivir permanentemente con aquella situación.
David no aceptó la resistencia
Casi 400 años después, los jebuseos todavía controlaban Jerusalén. Cuando David llegó con sus hombres, se burlaron de él y aseguraron que jamás podría conquistar la ciudad. Sin embargo, David tenía una fe definida y no se dejó intimidar. Conquistó la fortaleza de Sion, estableció allí la ciudad de David y continuó creciendo, porque el Señor estaba con él (2 Samuel 5:6–10).
La Biblia dice:
“Porque el Señor ha escogido a Sion; la quiso para Su habitación” (Salmo 132:13).
David no permitió que las palabras de aquellos hombres influyeran en él. La resistencia despertó una actitud aún más firme en su interior. Actuó con la certeza de que aquella tierra ya había sido entregada por Dios.
Es ahí donde uno debe reflexionar y preguntarse: ¿A qué problema se ha acostumbrado? ¿Qué promesa todavía no ha visto cumplida?
Tal vez, en su caso, aún no ha recibido la salvación o el Espíritu Santo. ¿Será que vive recordando una época en la que tenía una mayor entrega, o se ha acostumbrado a su situación actual?
Muchas personas consideran imposibles ciertas metas y, sin darse cuenta, se cierran a la acción de Dios en sus vidas. La respuesta es seguir el ejemplo de David: creer, tomar una posición de fe y no aceptar como permanente aquello que puede ser transformado.