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Aferrados al dolor

Aferrados al dolor

¿A quién termina haciendo daño?

La pregunta parece sencilla, pero a muchos les cuesta contestarla. ¿Será que nos aferramos tanto al dolor que terminamos acostumbrándonos a vivir con él? ¿O será simplemente por el orgullo de querer estar en lo correcto en todo, de no fallar y de no perder?

Aferrarse a un sentimiento puede hacer que una persona quede atrapada en el dolor, la tristeza, el resentimiento y la frustración. En lugar de seguir adelante, uno continúa reviviendo aquello que ya pasó.

Es como cuando uno discute con un ser querido. A veces uno tiene la razón y otras veces no, pero puede costarnos dejar atrás aquella discusión, especialmente cuando fue por algo pequeño.

A veces parece que duele más dejar atrás una discusión por algo pequeño, porque esas cosas siguen dando vueltas en nuestra mente: lo que uno pudo haber dicho, lo que faltó decir o incluso lo que, en medio del enojo, uno hubiera querido hacer. En algunos casos, ese enojo puede llegar hasta el punto de querer resolver la situación con golpes.

Aferrarse a esos sentimientos no cambia nada de lo que pasó, pero sí puede afectar la manera en que vivimos el presente.

Por eso, la Biblia nos enseña lo siguiente: “Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4:31-32).

Entonces vuelve a surgir la pregunta: ¿a quién termina haciendo daño?

Muchas veces, terminamos haciéndonos daño principalmente a nosotros mismos. Podríamos estar disfrutando nuestro tiempo de otra manera, pero, en lugar de eso, seguimos dedicándole tiempo a lo que ya pasó.

Aquí, la Palabra nos está enseñando que hay emociones y actitudes que no deberíamos seguir cargando.

  • Amargura: dolor que se ha convertido en resentimiento.
  • Enojo e ira: enojo que seguimos alimentando.
  • Malicia: permitir que lo que sentimos influya en la manera en que tratamos a los demás.

Más bien, deberíamos enfocarnos en aquello que nos libera de todo esto: el perdón.

Perdonar: tomar la decisión de dejar la ofensa atrás, en lugar de seguir reteniéndola y guardar rencor contra alguien.

Dios nos perdonó por medio de Cristo Jesús. Eso significa que cualquier situación de división, ofensa o maltrato también puede ser llevada a la cruz. Por eso mismo, tenemos el privilegio de pedir perdón y también de perdonar.

No siga desperdiciando su tiempo en algo que no vale la pena.