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La palabra “contemplar” significa reconocer, comprender y experimentar. Muchas veces, cuando hablamos de la grandeza de Dios, la vemos solamente como recibir algo material, como si Él estuviera ahí únicamente para concedernos deseos.
La grandeza de Dios es mucho más que recibir dinero, bienes, éxito o tener una vida materialmente cómoda. La grandeza de Dios es vivir de acuerdo con Su voluntad, entender que todo es para Él, reconocer que está obrando en nuestras vidas y tener una verdadera experiencia con Dios Padre.
Por eso, la Biblia nos enseña lo siguiente: “Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).
Ahí surge la pregunta una vez más: ¿Vivimos para nosotros mismos o para Dios?
El Señor Jesús dio Su vida para que aquellos que viven ya no vivan para sí mismos, sino para Él.
Pero, ¿cómo podemos ver la diferencia entre los que viven para Dios y los que no?
Los que viven para sí mismos solo quieren hacer su propia voluntad, colocarla en primer lugar y pedirle a Dios que simplemente cumpla lo que ellos quieren.
Pero vivir para Dios es muy diferente. Los que verdaderamente viven para Él someten sus planes a Su voluntad, le preguntan: “¿Cuál es Tu voluntad?” y permiten que Su Palabra, la Biblia, guíe sus decisiones. Es decir, si queremos contemplar la grandeza de Dios, tenemos que someternos a Sus planes.
¿Qué sucede cuando uno vive solamente para sí mismo?
Lo que sucede es que el ser humano muchas veces vive dependiendo únicamente de sus propias fuerzas, sentimientos, pensamientos y emociones. Y, por sí solo, no siempre actúa con justicia y muchas veces puede ser egoísta.
Vivir para Dios implica aprender a pensar según Su Palabra.
Una señal que muestra para quién estamos viviendo es el perdón. La Biblia nos enseña que, si queremos ser perdonados, también debemos perdonar. Sin embargo, hay situaciones en las que, humanamente hablando, puede ser muy difícil perdonar. Por ejemplo, las traiciones, las injusticias, el abandono, el rechazo y las pérdidas dolorosas.
Cuando uno vive para Dios, no permite que sus sentimientos tengan la última palabra.
Incluso, cuando uno vive para Dios, no se rinde fácilmente porque Él nos da la fortaleza. Muchos hemos atravesado momentos en los que hemos pensado en desistir del matrimonio, de nuestros hijos, de nuestros padres o de personas cercanas. La fe que Dios nos da cuando vivimos para Él nos ayuda a perseverar en cualquier situación y a no abandonar todo frente a la primera dificultad. El Señor nos renueva del cansancio físico o emocional por medio de la meditación en Su Palabra.
El dolor no definirá nuestra vida porque estaremos viviendo para Él. Vivir para Él no se limita a esta vida, sino que también tiene que ver con la eternidad. Cuando uno verdaderamente vive para Él, busca permanecer en el camino de la salvación. Tenemos que vivir una vida de testimonio para honrarlo y tener una paz verdadera.