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Tarde o temprano, todos tendremos que enfrentar la muerte. Por eso, la salvación no puede ser tratada como algo para después.
Por eso, la Biblia nos enseña lo siguiente: “Cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de Su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a Su derecha y los cabritos a la izquierda” (Mateo 25:31-33).
En estos versículos, el Señor Jesús habla de la separación entre las ovejas y los cabritos. Esto nos lleva a preguntarnos:
¿Cuál es nuestra condición delante de Dios?
La oveja representa una actitud de obediencia y dependencia. El cabrito, por otro lado, representa resistencia e independencia. Algo que debemos entender es que la puerta de Dios está abierta para todos, pero eso no significa que todos decidirán entrar por ella. No todos deciden ser como la oveja; muchos terminan tomando la actitud del cabrito.
No son reglas, es disciplina
La oración, el ayuno y una vida con Dios no deben convertirse simplemente en reglas religiosas. De hecho, no son reglas. Quien verdaderamente cree, tiene fe y conoce Su Palabra entiende que lo que el Señor enseña son disciplinas que uno necesita desarrollar.
Dios no obliga a nadie a seguirlo. La entrega tiene que ser voluntaria. Incluso el verdadero arrepentimiento se produce cuando el Espíritu Santo toca el interior de la persona y esta reconoce que necesita cambiar.
Por eso, cuando la Biblia dice que muchos son llamados y pocos escogidos (Mateo 22:14), también podemos reflexionar sobre la importancia de permanecer hasta el final.
Una experiencia que trae certeza
Cuando una persona experimenta el Nuevo Nacimiento, comienza una verdadera transformación interior. Después, al buscar más de Dios y recibir la plenitud del Espíritu Santo, desarrolla una certeza que no depende de las circunstancias.
Esa certeza también se refleja en la seguridad de la salvación.
Cuando uno es sellado con el Espíritu Santo, desarrolla una seguridad espiritual que no puede ser fácilmente afectada por opiniones, dudas o circunstancias.
Quien tiene el Espíritu Santo aprende a amar a Dios con toda su mente, alma y espíritu.
También nace dentro de esa persona un deseo de salvar almas. No se trata solamente de ayudar a alguien en una necesidad momentánea, sino de querer que esa persona también conozca la salvación.
Perseverar, aunque todavía no haya respuesta
Cuando uno tiene una experiencia verdadera con Dios, continúa buscándolo.
No se desanima simplemente porque todavía no ha recibido aquello que esperaba. Puede ser que todavía no sea el momento o que uno mismo necesite estar preparado.
Pero, mientras espera, confía.
La Biblia enseña que es Dios quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer conforme a Su buena voluntad.
Por eso, la Biblia nos dice lo siguiente: “porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito” (Filipenses 2:13).
Por eso, entrar en el Reino de Dios requiere más que estar físicamente dentro de una iglesia. Requiere entrega, transformación, disciplina, obediencia y perseverancia.
Antes de pensar en entrar algún día en el Reino de los Cielos, debemos preguntarnos:
¿El Reino de Dios ya entró en nosotros? ¿Nuestra condición delante de Dios es como la de la oveja?