Noticias | - 1:58 pm
El ser humano fue formado de espíritu, cuerpo y alma. Cuando llegue nuestro día de partir de este mundo, el espíritu vuelve a Dios, el cuerpo se convierte en polvo y el alma, dependiendo de si uno vivió conforme a Su Palabra, va con Él o al infierno.
Ahí está una pregunta clave: ¿Qué será del alma?
Algo que todos debemos aprender es que una persona puede participar en reuniones, bautizarse y conocer las enseñanzas bíblicas, pero aun así necesitar una transformación interior y una verdadera entrega a Dios.
Es por eso que la Biblia nos enseña lo siguiente: “En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos las primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18).
¿Qué estamos cuidando más: el cuerpo o el alma?
Ahorita estamos viviendo en un momento en el que a muchos se les ha olvidado cuidar el alma. Muchos están enfocados únicamente en cuidar lo exterior. Muchos están completamente enfocados en tener un negocio, dinero, un carro nuevo y todo lo mejor, pero aun así no tienen paz.
Aquí, la Palabra nos está recordando que Dios ha hecho todo lo necesario para que tengamos una nueva vida con Él. Sin embargo, muchos lo están dando por sentado. Pero ahí está el detalle: nuestra nueva vida no es algo que nosotros mismos producimos, sino algo que Él hace por nosotros.
Él no solo nos da aquello que estamos buscando, sino también lo eterno y la paz que tanto anhelamos.
¿Cuánto estamos invirtiendo en aquello que consideramos eterno?
El Nuevo Nacimiento marca el comienzo de una nueva vida con Dios, y permanecer con Él requiere una búsqueda constante. Es decir, que uno confronte su vida con Su Palabra.
Esto significa practicar lo que está escrito: meditar diariamente en Su Palabra, buscar a Dios, congregarse, apartar momentos específicamente para la vida espiritual y evitar distracciones que impidan escuchar y reflexionar en la Palabra.
Una vida espiritual firme necesita ser alimentada constantemente.
¿Los pies salieron y el corazón se quedó?
No confunda las cosas. No piense que simplemente asistir y hacer estas cosas que se mencionan significa que uno estará bien o tendrá la salvación.
Debe haber una entrega constante y una decisión de seguirlo siempre a Él. Es decir, aunque uno no esté dentro de la iglesia, esté donde esté, su corazón debe permanecer sumergido y entregado en el Altar de Dios.
La religión no salva a uno, sino el Señor Jesús. Uno puede asistir a la iglesia, pertenecer a una religión y tener una rutina, pero eso no significa que haya una transformación.
Puede estar haciendo todas estas cosas y aun así seguir viviendo la misma vida, sin permitir que Dios realice una transformación en ella.
Por eso, para tener una relación con Él, se necesita compromiso y sacrificio de la propia voluntad.
Todo comienza por el arrepentimiento y el perdón. Si uno reconoce lo que hizo, sea cual sea la situación, y sinceramente pide perdón, el Señor lo perdona. Eso también significa que uno debe perdonarse a sí mismo.
Entrar verdaderamente en el Reino de Dios produce paz, alegría, deseo de vivir de acuerdo con Su justicia, meditación, oración, búsqueda espiritual y un deseo constante de crecer y conocer más a Dios; porque una cosa es estar físicamente en la iglesia y otra es experimentar una verdadera transformación y permitir que Su Reino habite en uno.