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La alabanza debida a Él

La alabanza debida a Él

En el final del capítulo 18, que describió la destrucción de Babilonia, fue dada una orden: “Regocíjate sobre ella, cielo”. Ahora en el capítulo 19, esa orden es obedecida:

Después de esto oí como una gran voz de una gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos, pues ha juzgado a la gran ramera que corrompía la tierra con su inmoralidad, y ha vengado la sangre de sus siervos en ella. Y dijeron por segunda vez: ¡Aleluya! El humo de ella sube por los siglos de los siglos. Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya! Y del trono salió una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, los que le teméis, los pequeños y los grandes (Apocalipsis 19:1-5).

La multitud de los salvos, especialmente los siervos que fueron martirizados por Babilonia a lo largo de la historia y durante la Gran Tribulación, se alegra muchísimo y glorifica a Dios por Su juicio sobre la gran ramera. La alegría es porque la justicia divina prevaleció. Dios no Se complace con la muerte de los perversos. Por eso la destrucción de Babilonia y de todos los que la componían fue el último recurso, después de todas las oportunidades posibles para que se arrepintieran. Como no quisieron la salvación, Dios, en Su perfecta justicia, tuvo que destruirlos para honrar la fe de los que Le fueron fieles.

Pues el Señor es justo; Él ama la justicia; los rectos contemplarán su rostro (Salmos 11:7).

Toda la Iglesia, representada por los veinticuatro ancianos, y toda la creación, representada por los cuatro seres vivientes, se unen para alabar a Dios. Del mismo modo, todos debemos reconocer las victorias que Dios nos da y alabarlo siempre. Le agrada a Él ser reconocido por nuestras alabanzas.

Esta orden también les fue dada explícitamente a Sus siervos y a los que Le temen, tanto pequeños como grandes. Note que la voz que sale del Trono hace distinción entre los siervos. Esto no es una cuestión de importancia, de ser uno mayor que el otro, sino de función. Dios, en Su gran obra en todo el mundo, escoge a algunos siervos para grandes tareas y a otros para obligaciones aparentemente pequeñas. Pero, en realidad, nada de lo que es hecho para Dios es pequeño. Él es Aquel que notó las dos monedas de la viuda pobre, así como los miles de holocausto del rey Salomón sobre el altar. Él ve todo y a todos- y recompensas a cada uno según la calidad de sus ofrendas, no solo la cantidad.

Sin embargo, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo. Y el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito. Por el contrario, la verdad es que los miembros del cuerpo que parecen ser los más débiles, son los más necesarios; y las partes del cuerpo que estimamos menos honrosas, a estas las vestimos con más honra; de manera que las partes que consideramos más íntimas, reciben un trato más honroso (1 Corintios 12:20-23).

Continuará…

Libro: La Tierra va a Prenderse Fuego

Autor: Obispo Renato Cardoso

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