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¿Quién pide perdón primero?

¿Quién pide perdón primero?

¿Quién debe pedir perdón primero?

La pregunta suena simple, pero para muchos es una de las más difíciles de contestar. Porque, hay que ser honestos, a nadie le gusta estar equivocado en una discusión, no tener la razón o incluso reconocer que cometió un error. Para muchos es muy difícil tragarse el orgullo y decir: “Disculpa, cometí un error” o “Disculpa, fue mi culpa”.

Aquí hay algo clave que tenemos que aprender sobre el perdón: cuanto más cercana es una persona a nosotros, más difícil puede ser pedirle perdón. Es por esa razón que muchas veces relacionamos el pedir perdón con las emociones.

Pero no es así. El perdón no tiene que ver con los sentimientos.

Por eso, la Biblia dice:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

El perdón también es para nuestro propio bien. Es una herramienta que nos ayuda a dejar atrás aquello que nos hace daño. Pero, más que eso, cuando pedimos perdón, permitimos que Dios limpie la maldad, los errores y todo aquello que está dentro de nosotros.

Sin embargo, para poder experimentar esa limpieza, muchas veces primero tenemos que vencer algo dentro de nosotros: el orgullo.

Si su corazón lo lleva a justificarse, diciendo: “¿Por qué debo ser yo el primero en hablar? ¡Si fue la otra persona quien cometió el error!”, precisamente en ese momento usted necesita usar su inteligencia, en vez de dejar que los sentimientos dominen su corazón.

Muchos matrimonios sufren porque no saben pedir perdón. Sea cual sea la situación, muchas veces las parejas se dejan guiar por lo que dice el corazón o por lo que dictan las emociones.

“Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos…” (Romanos 12:18).

Uno tiene que saber asumir su responsabilidad en todas las situaciones, pero especialmente dentro de una relación y un matrimonio.

Por eso, también la Palabra dice:

“Con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad…” (Efesios 4:2–3).

Esta es la manera en que uno vence la guerra dentro del matrimonio. Pero para que haya una verdadera unión, se requiere sacrificio. Y vale la pena hacerlo para preservar la unión con su pareja.