Noticias | - 3:18 pm
Una persona necesita examinar su propia vida y preguntarse si realmente está creciendo en la fe.
Piense en el crecimiento físico. Nadie comienza su vida sabiendo caminar. Primero aprende a levantarse, después da sus primeros pasos y, poco a poco, aprende a caminar.
En la vida espiritual sucede algo parecido. El crecimiento no ocurre de un día para otro. Requiere decisiones, perseverancia y disposición para continuar avanzando.
“Al enfermo en la fe sobrellevad, pero no para contenciones dudosas” (Romanos 14:1).
En esta enseñanza, el apóstol Pablo nos estaba enseñando que los enfermos en la fe son aquellos que todavía tienen pensamientos dudosos. Es decir, su fe es limitada. Por eso, no debemos entregarnos a la duda solamente porque todavía no vemos aquello que estamos esperando. Si algo aún no ha sucedido, eso no significa que nunca sucederá. Debemos permanecer firmes y continuar creciendo.
También debemos entender que Dios puede permitir que pasemos por determinados procesos para que nuestra fe madure. No podemos esperar resultados de una fe que todavía no hemos desarrollado.
Podemos entender como una fe enferma aquella que todavía no confía plenamente en Dios y que necesita desarrollarse.
El problema de muchos no es que no conozcan a Dios, sino que dependen demasiado de su propia habilidad y no ponen en práctica lo que el Señor Jesús les ha enseñado. Por eso, antes de buscar solamente una solución para aquello que estamos enfrentando, debemos examinar nuestra vida espiritual y preguntarnos cómo está nuestra fe.
Oración y ayuno
Por eso, el Señor Jesús les dijo a Sus discípulos: “Pero esta clase no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21).
Jesús habló de la necesidad de la oración y el ayuno en una ocasión en la que los discípulos tenían una fe limitada. No era que ellos no conocieran la gloria de Jesús, sino que no ponían en práctica las disciplinas que Él les enseñaba. Es decir, no estaban centrados ni concentrados.
Las disciplinas espirituales son las que nos ayudan a mantenernos centrados y concentrados en Dios. Cuando una persona ora y ayuna, está separando un tiempo para buscar a Dios y poner su atención en Él.
La vida espiritual también necesita disciplina. Si una persona no desarrolla estas disciplinas cuando todo está bien, puede encontrarse sin la preparación necesaria cuando lleguen las tribulaciones.
Es como un soldado que no practica su disciplina: cuando llegue la guerra, no va a saber qué hacer.
La fe necesita ser alimentada constantemente, y una de las maneras de hacerlo es mantener una vida de búsqueda y comunión con Dios. Jesús mismo, al comenzar Su ministerio, pasó cuarenta días y cuarenta noches en el desierto. Esto nos muestra la importancia de buscar a Dios y permanecer enfocados en Él.
No repetir el mismo ciclo
“Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y la caridad de todos y cada uno de vosotros abunda entre vosotros” (2 Tesalonicenses 1:3).
Un nuevo año puede comenzar, pero si una persona no crece espiritualmente, puede terminar repitiendo las mismas cosas que ya vivió.
Es como alguien que repite un grado escolar: vuelve a encontrarse con las mismas lecciones porque todavía no ha avanzado.
La fe crece cuando aumentamos nuestro amor por la Palabra de Dios y por las cosas de Dios.
Por eso, debemos preguntarnos con sinceridad:
¿Cómo está mi fe?
La fe verdadera no permanece estancada. Crece, se fortalece y nos lleva a depender cada vez más de Dios.