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¿Cómo está su fe?

¿Cómo está su fe?

¿Cómo está su fe?

Todos tenemos diferentes niveles de fe; unos la tienen baja y otros, alta. Pero una cosa es segura: si la calidad de su fe no es firme, el Señor Jesús no puede obrar en su vida. Por eso, el Señor Jesús les habló a los discípulos de esta manera:

“Cuando llegaron a la multitud, se le acercó un hombre, que arrodillándose delante de Él, dijo: Señor, ten misericordia de mi hijo, porque es epiléptico y sufre terriblemente, porque muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Y lo traje a tus discípulos y ellos no pudieron curarlo” (Mateo 17:14-16).

En esta enseñanza, encontramos el relato de un padre que se acercó al Señor Jesús porque su hijo sufría y los discípulos no habían podido ayudarlo. Es decir, no habían podido reprender al espíritu maligno que atormentaba al muchacho.

Esta situación dejó una enseñanza importante para los propios discípulos, porque Jesús no solamente estaba tratando con el problema que tenía delante, sino también con la condición de la fe de quienes lo seguían.

Pero algo interesante que necesitamos saber es que, antes de esta situación, los discípulos habían sido testigos de la transfiguración de Jesús. Es decir, ellos ya habían tenido una experiencia con Su gloria.

Esta situación también nos enseña que no todo problema debe ser interpretado de la misma manera. Hay situaciones que pueden estar relacionadas con problemas físicos, mientras que otras pueden tener un origen espiritual. Por eso, necesitamos discernir cada situación y, sobre todo, examinar cómo está nuestra fe para enfrentar aquello que tenemos delante.

Sin embargo, también existen batallas espirituales que todos enfrentamos, especialmente aquellos que desean permanecer con Dios.

Una fe deficiente

“Entonces los discípulos, llegándose a Jesús en privado, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? Y Él les dijo: Por vuestra poca fe; porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: «Pásate de aquí allá», y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:19-20).

Después de que Jesús reprendió al demonio y este salió del muchacho, los discípulos se acercaron a Él en privado y le preguntaron por qué ellos no habían podido expulsarlo.

Entonces, el Señor Jesús les respondió hablando de su poca fe.

¿Qué significa tener poca fe?

Tener poca fe no se trata solamente de la cantidad, sino de una fe deficiente: una fe que no avanza, que tiene altos y bajos y que permanece incompleta. En este sentido, podemos entender la poca fe como una fe cuya calidad es deficiente.

Podemos entenderlo con el ejemplo de David frente a Goliat. El pueblo de Israel había visto a Goliat durante cuarenta días y no había podido enfrentarlo. Sin embargo, David no permitió que aquella situación determinara su fe. Él creyó y actuó.

Una persona con una fe deficiente puede convertirse en una piedra de tropiezo para sí misma y para otros, porque, en lugar de avanzar, comienza a vivir de acuerdo con sus dudas, emociones y circunstancias.

Por eso, también debemos tener cuidado con aquello que influye en nuestra fe. Muchas veces, una persona se concentra tanto en la vida de los demás que deja de examinar su propia vida espiritual.

La fe necesita ser ejercitada

Jesús enseñó que una fe como un grano de mostaza puede decirle a un monte que se mueva (Mateo 17:20). El punto no está simplemente en el tamaño, sino en una fe que realmente funciona, que es ejercitada y que avanza.

La fe no fue dada solamente para buscar soluciones inmediatas o recibir bendiciones. Dios quiere que aprendamos a usarla de manera inteligente y que tomemos posesión de aquello que Él ha prometido en Su Palabra.

Por eso, debemos preguntarnos: ¿cómo está nuestra fe?

No basta con decir que creemos. Necesitamos examinar si nuestra fe está saludable, si está creciendo y si nos está llevando a depender realmente de Dios.