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En la vida siempre vamos a encontrarnos con diferentes situaciones, ya sean buenas o malas. Por ejemplo, uno puede tener una casa, pero tal vez no tenga lo suficiente para pagarla. Son dos situaciones diferentes: por un lado, uno tiene una casa, lo cual es algo positivo; pero, por otro lado, no tiene un trabajo estable para mantenerla, lo cual es negativo.
Uno tiene el deseo de superarse, pero nada le sale como quiere.
¿Por qué sucede esto?
Al ser humano le gusta enfocarse en lo que ve, en lo que puede tener en sus manos, en lo material. Por eso, muchas veces vive pasando de una situación a otra.
Muchos solo quieren enfocarse en el problema que tienen enfrente o en la conquista que desean alcanzar, pero se olvidan de lo más importante: la condición.
Pero, ¿a qué condición se refiere?
A la condición de hijo de Dios. Cuando una persona entrega su vida al Señor Jesús, recibe la condición de hijo de Dios y comienza a relacionarse con Él no solamente como Dios, sino como Padre.
Esto no significa que nunca vayan a pasar por su mente el miedo, las dudas, las preocupaciones o las «situaciones imposibles». La diferencia es que uno no va a vivir dominado por esas emociones ni va a quedar atrapado en ellas.
Esto sucede porque, cuando uno se ha entregado, tiene por dentro la garantía dada por el Espíritu Santo y permanece apoyado en la Palabra de Dios, la Biblia.
Es por eso que la Biblia nos enseña:
“Y llamó Isaac a Jacob, lo bendijo y le ordenó, diciendo: No tomarás mujer de entre las hijas de Canaán” (Génesis 28:1).
Isaac ordenó a Jacob que no tomara mujer entre las hijas de Canaán. Aquellas mujeres de Canaán seguían otros dioses y podían convertirse en una influencia espiritual negativa. Las malas influencias muchas veces pueden perjudicar nuestra vida.
¿Qué representan las mujeres de Canaán en nuestra vida?
Ellas representan el brillo del mundo que uno desea físicamente, pero su influencia no nos hace bien. Por ejemplo, queremos un carro porque vemos a otros con uno, aunque tal vez no tengamos la condición para mantenerlo. Aun así, hacemos de todo para obtenerlo, y eso puede incluir malos hábitos. Hay muchos que hasta se meten a robar para obtener lo que quieren.
Muchos buscan la aprobación del mundo, pero no la que verdaderamente cuenta: la de Dios. Hay quienes pueden recibir su derecho de primogenitura, pero lo rechazan porque desean más la aprobación del mundo que la de Dios.
Por eso, la Biblia dice:
“Que Jacob había obedecido a su padre y a su madre, y se había ido a Padán-aram. Vio, pues, Esaú que las hijas de Canaán no eran del agrado de su padre Isaac; y Esaú fue a Ismael, y tomó por mujer, además de las mujeres que ya tenía, a Mahalat, hija de Ismael, hijo de Abraham, hermana de Nebaiot” (Génesis 28:7-9).
Esaú había despreciado su derecho de primogenitura, mientras que Jacob lo valoraba. Jacob obedeció a su padre y a su madre, pero Esaú fue rebelde.
¿Cuántos de nosotros tratamos la primogenitura de Dios de esta manera? La rechazamos y nos convertimos en rebeldes para obtener lo que queremos, en lugar de buscar lo que necesitamos.
“Y llegó a cierto lugar y pasó la noche allí, porque el sol se había puesto; tomó una de las piedras del lugar, la puso de cabecera y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño, y he aquí, había una escalera apoyada en la tierra cuyo extremo superior alcanzaba hasta el cielo; y he aquí, los ángeles de Dios subían y bajaban por ella” (Génesis 28:11-12).
Jacob apoyó su cabeza sobre una roca antes de recibir aquella revelación. Esa roca puede representar la base firme sobre la cual debe estar apoyada nuestra vida espiritual.
De la misma manera, la condición de hijo de Dios o la primogenitura no depende de lo que uno posee materialmente, sino de estar afirmado en Dios y en Su Palabra.
Aquí vemos que, cuando tenemos esta condición, no solo recibimos el Espíritu Santo, sino que también vivimos bajo las promesas y el cuidado de Dios.
Jacob había salido de casa sin bienes materiales importantes, pero llevaba consigo la bendición. Él prefirió dejar de lado lo material para obtener lo más importante.