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¿Por qué no puede entrar?

¿Por qué no puede entrar?

¿Qué se necesita para poder entrar?

Todos tenemos un deseo de sentirnos exclusivos, de sentir que somos parte de algo o que somos aceptados. Pero eso muchas veces es solo el ego, o mejor dicho, la voz interna de uno diciéndole lo que se merece.

Hay un gran problema con nuestro ego. Aparte de las cosas buenas que nos dice que “merecemos”, también nos dice cosas malas. Nos trata de condenar.

Por ejemplo, cuando cometemos un error nos dice que no merecemos el perdón, que hemos hecho mucho mal y que merecemos ser castigados. Es decir, así como nuestro propio ego nos desea el bien, también nos desea el mal.

Ahí surge la pregunta: ¿a cuál voz deberíamos escuchar?

Tal vez en este momento usted se diga: “Pero es mi voz y son mis pensamientos”.

Exacto. Pero esos pensamientos humanos son los que muchas veces lo limitan. No le permiten seguir adelante ni dejar atrás lo que pasó.

Por eso la Biblia nos dice así:

“Por lo cual dice:

‘Si hoy escuchan ustedes lo que Dios dice,

no endurezcan su corazón como aquellos que se rebelaron.’

¿Y quiénes fueron los que se rebelaron después de haber oído la voz de Dios? Pues todos los que Moisés había sacado de la tierra de Egipto. ¿Y con quiénes estuvo Dios enojado durante cuarenta años? Con los que pecaron, los cuales cayeron muertos en el desierto. ¿Y a quiénes juró Dios que no entrarían en su reposo? A los que desobedecieron. Y, en efecto, vemos que no pudieron entrar porque no creyeron” (Hebreos 3:15–19).

Aquí se habla de cuando Dios liberó al pueblo de Israel. Sin embargo, muchos de ellos, aunque fueron liberados, murieron en el desierto. Es decir, se está hablando de personas que vieron milagros y el poder de Dios, pero aun así se rebelaron y se sometieron a su propio ego y a sus propios pensamientos.

Pero, como dice el versículo: ¿por qué muchos de ellos no pudieron entrar en lo prometido?

La respuesta es porque no creyeron ni obedecieron. Ellos, desafortunadamente, vieron todo como algo natural y no se despojaron de su propio ego delante de Dios. A tal punto que muchos de ellos incluso creyeron en otros ídolos.

Los ídolos que fueron creados representan el deseo de satisfacer nuestro propio ego.

Y es precisamente ese ego el que muchas veces termina haciéndonos sufrir.

Entonces, volvamos a la pregunta del principio: ¿qué se necesita para entrar?
Solo puede entrar quien se somete, obedece y cree.

Hay que dejar que los pensamientos de Dios nos guíen a lo prometido: la vida eterna.