Noticias | - 12:07 pm
Podemos pasar toda nuestra vida preparándonos para el futuro, pero ¿qué estamos haciendo por nuestra eternidad?
En una ocasión, el Señor Jesús contó una parábola acerca de un hombre rico que había acumulado tantos bienes que pensaba que podía descansar y disfrutar de ellos durante muchos años.
Sin embargo, había algo que aquel hombre no había considerado: su alma.
La Biblia dice:
«Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?”» (Lucas 12:20).
Aquel hombre había hecho provisiones para su futuro material, pero había descuidado su condición espiritual.
Aquí encontramos una enseñanza importante: podemos prepararnos para muchas cosas en la vida y, aun así, olvidarnos de prepararnos para la eternidad.
Por eso, el Señor Jesús advirtió:
«Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios» (Lucas 12:21).
Pensemos en nuestra propia vida.
Para tener una buena casa, un automóvil, una carrera profesional o una mejor condición económica, estamos dispuestos a trabajar, sacrificarnos y renunciar a ciertas comodidades.
Incluso cuando se trata de nuestra salud, procuramos contar con un seguro médico y los recursos necesarios para recibir atención en caso de una emergencia.
Pero ¿estamos demostrando esa misma disposición cuando se trata de nuestra salvación?
Hay personas que están dispuestas a sacrificar su tiempo, su descanso y sus comodidades para alcanzar una meta material. Sin embargo, cuando se trata de buscar a Dios, muchas veces no muestran esa misma disposición.
Abraham nos dejó un ejemplo de fe y entrega. Estuvo dispuesto a obedecer a Dios incluso cuando eso significaba entregar aquello que más amaba.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cuándo fue la última vez que hizo algo para invertir en su alma?
No se trata de abandonar nuestras responsabilidades ni de dejar de disfrutar de la vida, sino de comprender qué ocupa el primer lugar en nuestro corazón.
Por ejemplo, una persona que valora su comunión con Dios procura cuidar su vida espiritual incluso durante sus vacaciones. Busca oportunidades para congregarse, meditar en Su Palabra y fortalecer su fe.
Esto sucede porque comprende que su relación con Dios no puede depender solamente de sus circunstancias o de su tiempo libre.
La verdadera grandeza de la fe no está en lo que conquistamos materialmente, sino en nuestra disposición de obedecer a Dios y permanecer fieles a Él.
Las riquezas, las propiedades y las conquistas materiales pueden ofrecernos cierta tranquilidad, pero ninguna de ellas puede garantizar la salvación de nuestra alma.
Por eso, es importante examinar nuestras prioridades y preguntarnos si estamos dedicando a nuestra vida espiritual la misma atención que damos a nuestras metas materiales.
Podemos pasar toda nuestra vida haciendo provisiones para el futuro, pero ¿de qué servirá todo lo que hemos conquistado si descuidamos nuestra salvación?