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¿Hasta cuándo esperar?

¿Hasta cuándo esperar?

¿Cuántas oportunidades hemos tenido de cambiar y no las hemos aprovechado?

Una de las peores cosas que podemos experimentar es saber que tuvimos la oportunidad de lograr algo grande y no lo hicimos.

Es como cuando una persona tiene la oportunidad de estudiar una carrera gratuitamente, pero no la aprovecha. Saber que dejó pasar aquella oportunidad y no hizo nada al respecto puede ser doloroso.

A veces, ese dolor también lo sienten quienes creyeron en esa persona, como los profesores que vieron su potencial y esperaban que lo desarrollara.

Algo semejante puede suceder con la salvación. Por eso, el Señor Jesús contó la siguiente historia:

«Había cierto hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, celebrando cada día fiestas con esplendidez. Y un pobre llamado Lázaro yacía a su puerta cubierto de llagas, ansiando saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; además, hasta los perros venían y le lamían las llagas. Y sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio a Abraham a lo lejos, y a Lázaro en su seno. Y gritando, dijo: “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, pues estoy en agonía en esta llama”. Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que durante tu vida recibiste tus bienes, y Lázaro, igualmente, males; pero ahora él es consolado aquí, y tú estás en agonía. Y además de todo esto, hay un gran abismo puesto entre nosotros y vosotros, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, y tampoco nadie pueda cruzar de allá a nosotros”. Entonces él dijo: “Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, de modo que él los prevenga, para que ellos no vengan también a este lugar de tormento”. Pero Abraham dijo: “Ellos tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan”. Y él dijo: “No, padre Abraham, sino que si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán”. Mas Abraham le contestó: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos”» (Lucas 16:19-31).

Aquí, el Señor Jesús contó la historia de un hombre rico que, después de morir, se encontró en un lugar de tormento. A pesar de todo lo que había tenido durante su vida, llegó un momento en el que sus riquezas ya no podían ayudarlo.

Lo más triste es que había tenido la oportunidad de tomar otras decisiones mientras estaba vivo.

El hombre rico ya no podía cambiar su situación. Sin embargo, cuando pidió que sus hermanos fueran advertidos, Abraham le recordó que ellos tenían a Moisés y a los profetas, es decir, la Palabra de Dios, para escucharla y tomar sus propias decisiones.

Esto nos enseña que no basta con tener oportunidades; también debemos saber aprovecharlas mientras todavía tenemos tiempo.

Esto nos recuerda que todo en esta vida cambia y pasa. Hoy somos jóvenes y mañana seremos ancianos. Lo que tenemos hoy puede desaparecer mañana, y ninguna oportunidad debe darse por garantizada.

Una de las maneras de demostrar que estamos aprovechando nuestra oportunidad es vivir una fe que no dependa solamente de nuestros sentimientos, sino que se refleje en nuestras acciones.

La Biblia nos enseña:

«Y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Efesios 5:2).

Este versículo nos enseña a andar en amor, siguiendo el ejemplo de Cristo, quien nos amó y se entregó por nosotros.

El amor bíblico no se limita a lo emocional, sino que también es sacrificial y espiritual. No se demuestra solamente con palabras o sentimientos, sino también con nuestras decisiones, nuestra entrega y nuestra disposición para obedecer.

Al final, la pregunta no es solamente cuánto confiamos en Dios, sino cuánto estamos dispuestos a obedecerlo. O, mejor dicho, ¿cuántas oportunidades nos ha dado Dios para entregarnos por completo a Él?

Reflexione: ¿Cuántas personas conoció usted que murieron sin haber desarrollado todo su potencial? ¿Cuántas personas ya no están con nosotros y, lamentablemente, no alcanzaron la salvación?

Confiar en Su Palabra también significa permitir que ella dirija nuestras decisiones, incluso cuando nuestra voluntad quiere hacer lo contrario.

No deje pasar la oportunidad de alcanzar la salvación. Más bien, reflexione, examínese y piense qué decisiones necesita tomar hoy para alcanzar esa promesa.