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¿Escucha o también obedece?

¿Escucha o también obedece?

¿Qué significa ser humilde de espíritu?

En la vida hay dos tipos de personas: las que escuchan para poner en práctica y las que escuchan, pero no practican. Por ejemplo, muchos tienen metas que desean cumplir. Buscan información, compran libros e incluso asisten a clases, pero no ponen en práctica lo que aprenden.

Practicar requiere actitud e iniciativa, pero muchos no las tienen. Uno puede decir: “Ahí tengo la información”, como si eso significara que ya sabe, pero no es así. Aprender y practicar requieren humildad para reconocer lo que uno necesita cambiar en su vida.

Bíblicamente, un buen ejemplo es el perdón. Muchos conocen lo que la Palabra enseña, pero continúan guardando rencor o resentimiento en su corazón. Muchas veces, uno busca diferentes motivos para no perdonar, cuando en realidad el perdón no tiene nada que ver con los sentimientos.

Es por eso que la Biblia enseña lo siguiente: “Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3).

Aquí, la Biblia no está usando la palabra “pobre” para referirse a no tener dinero o algo material, sino a ser sencillo y humilde. Ser sencillo es no aferrarse a nuestra propia manera de pensar ni a aquello que queremos conservar. Y ser humilde de espíritu significa reconocer que uno necesita la dirección de Dios.

La persona humilde escucha y practica la Palabra de Dios. Reconoce cuando su manera de pensar está equivocada, está dispuesta a obedecer y no coloca sus sentimientos por encima de lo que Dios enseña. La humildad comienza cuando uno deja de pensar que siempre tiene la razón.

Uno de los mayores obstáculos es nuestra manera de pensar

Hay que reflexionar sobre estas dos preguntas: ¿Qué resultados me ha dado mi propia manera de pensar? ¿Y será que esos pensamientos me acercaron a Dios o me alejaron de Él?

Si una manera de pensar siempre nos da los mismos resultados negativos, tal vez sea necesario cambiarla. Por ejemplo, hay personas que buscan motivos, incluso en cosas pequeñas y sencillas, para no perdonar. Como resultado, pueden arruinarse el día y hasta pasar meses o años viviendo en lo mismo: enojados, resentidos y hasta llorando por la angustia que sienten por dentro.

Pero es ahí donde entran la sencillez y la humildad para poder reconocer que uno necesita algo nuevo.

De muchas maneras, el perdón es un sacrificio, pero más que eso, es obediencia. Y aún más importante, el Señor prefiere la obediencia antes que el sacrificio.

La Biblia dice lo siguiente: “¿Qué agrada más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más que el sacrificio, y prestar atención, más que la grasa de carneros” (1 Samuel 15:22).

Muchas veces, hay cosas que uno hace por religiosidad, como sacrificios o participar constantemente en alguna actividad. Por ejemplo, hay personas que solo van a la iglesia cierto día porque así se lo enseñaron. Eso no es obediencia; es simplemente algo que uno hace sin compromiso.

Obedecer implica compromiso con Dios, porque al hacerlo uno reconoce que lo que está escrito en la Biblia es verdadero.

Todos hemos fallado de una manera u otra. Por eso, antes de pensar únicamente en lo que alguien nos hizo, también debemos recordar las veces en que nosotros mismos necesitamos misericordia.

Perdonar no significa decir que lo ocurrido estuvo bien; significa decidir no continuar alimentando el rencor. El perdón es para nuestro propio bien, no para justificar a la otra persona ni lo que sucedió. Por eso, debemos practicar la sencillez y la humildad.