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Toda decisión tiene una consecuencia, pero nuestra elección determinará si habrá un cambio o no. Una decisión no solo expresa lo que deseamos o queremos, sino que también refleja nuestra actitud y confianza.
Lo mismo sucede con la fe: nadie puede creer por nosotros; cada uno debe tomar la decisión de creer. Es decir, la decisión de creer y actuar es personal. No depende de nuestros padres, nuestra pareja, nuestros hijos ni de nadie más.
Dios realiza Su obra por medio de Su Palabra, y hay personas que la conocen tan bien que pueden repetirla claramente cuando oran. Sin embargo, la oración debe estar acompañada de fe y no ser simplemente una repetición de palabras.
Y si hay algo que podemos aprender del poder de una decisión, es que no podemos esperar que nuestra vida cambie si seguimos pensando y actuando de la misma manera. Es como cuando enfrentamos problemas: a veces les damos tanta importancia que nos olvidamos de las promesas de Dios.
Reflexione: ¿Cuándo fue la última vez que, en lugar de hablarle a Dios de su problema, le dijo a su problema: «¡Mira qué grande es mi Dios!»?
¿Por qué algunas personas buscan a Dios constantemente, pero no experimentan una verdadera transformación?
La respuesta puede estar en la manera en que se acercan a Él. Porque no se trata solamente de conocer Su Palabra o repetirla, sino de creer en ella y estar dispuestos a obedecerla.
La Biblia nos enseña lo que dijo el Señor:
«Por cuanto este pueblo se me acerca con sus palabras y me honra con sus labios, pero aleja de mí su corazón, y su veneración hacia mí es solo una tradición aprendida de memoria» (Isaías 29:13).
Aquí aprendemos que uno puede acercarse a Dios con sus palabras, pero mantener su corazón lejos de Él. Esto sucede porque hay una gran diferencia entre hablar de Dios y vivir conforme a Su voluntad.
Honrar a Dios solamente con los labios no significa que le hayamos entregado nuestro corazón. Las tradiciones religiosas no pueden reemplazar una fe sincera y obediente. Para que exista una verdadera transformación, nuestras actitudes deben reflejar lo que creemos.
La fe verdadera no se demuestra solamente con palabras, sino también con obediencia.
¿De qué sirve decir que creemos en Dios si nuestras decisiones continúan alejándonos de Él?
«Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia» (Deuteronomio 30:19).
Dios nos presenta dos caminos: la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Somos nosotros quienes decidimos cuál seguir.
Aquí entendemos que Dios nos da la oportunidad de escoger, pero no toma esa decisión por nosotros. Sin embargo, es importante comprender que la muerte espiritual significa vivir separados de Dios, siguiendo nuestros propios caminos en lugar de Su voluntad.
¿Qué nos aleja de Su presencia?
Entregarse a los vicios, al pecado o a prácticas contrarias a la Palabra de Dios representa escoger un camino que nos aleja de Él.
«Escoger la vida» significa abandonar aquello que nos separa de Dios y buscar Su presencia. Nuestras decisiones espirituales también pueden influir en las personas que nos rodean.
No basta con desear la bendición de Dios. Necesitamos escoger el camino que Él nos enseña.
Con todo esto en mente, recordemos que el Señor Jesús declaró:
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6).
Escoger la vida significa escoger el camino del Señor Jesús. Es una decisión diaria que requiere fe, obediencia y arrepentimiento. Dios nos muestra el camino, pero somos nosotros quienes debemos decidir si estamos dispuestos a seguirlo.
Al final, la decisión es suya. ¿Qué camino está escogiendo?