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¿A quién le da lugar?

¿A quién le da lugar?

¿A quién le está dando lugar?

Todos los días enfrentamos situaciones que, de manera directa o indirecta, afectan nuestra vida. Algunas son consecuencia de nuestras decisiones, mientras que otras están fuera de nuestro control. Sin embargo, existe algo que nadie puede decidir por nosotros: a quién le damos lugar en nuestra vida.

Muchas personas desean experimentar un cambio, encontrar paz o ser libres de aquello que las hace sufrir. Oran, buscan ayuda y esperan una respuesta de Dios. Pero ¿qué sucede cuando, a pesar de sus esfuerzos, su vida continúa siendo la misma?

La respuesta puede estar en una decisión que todavía no han tomado.

Una puerta que solo usted puede abrir

El Señor Jesús dijo:

«Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20).

Observe que Jesús no dice que abrirá la puerta por la fuerza. Él llama, pero deja que cada persona decida si desea recibirlo.

Esto nos enseña que Dios respeta nuestra voluntad. Aunque Él desea transformar nuestra vida, no nos obliga a aceptar Su Palabra ni a vivir conforme a ella.

Por eso, debemos preguntarnos: ¿realmente le estamos dando lugar al Espíritu Santo o estamos permitiendo que el mal continúe dominando nuestras decisiones?

Muchas veces, deseamos que Dios cambie nuestras circunstancias, pero no estamos dispuestos a cambiar las actitudes que nos alejan de Él. Es decir, no estamos dispuestos a aceptar la verdad.

¿Por qué no ocurre la liberación?

Una persona puede orar constantemente y, aun así, resistirse a reconocer la verdad sobre su propia vida.

El Señor Jesús enseñó:

«Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:32).

Esto no significa que la oración carezca de importancia, sino que la verdadera transformación también requiere aceptar la verdad y someterse a ella.

¿De qué sirve pedirle a Dios una vida diferente si continuamos tomando las mismas decisiones que nos alejan de Su voluntad?

No basta con conocer lo que dice la Biblia. Es necesario estar dispuestos a obedecerla, incluso cuando eso significa abandonar costumbres, pensamientos o actitudes que hemos mantenido durante años.

Cuando una persona rechaza la verdad, también se resiste al cambio que esa verdad podría producir en su interior.

Por eso, la liberación espiritual no debe entenderse solamente como el deseo de dejar de sufrir, sino como una decisión sincera de vivir bajo la dirección de Dios.

La decisión está en nuestras manos

La Biblia nos enseña que Dios nos presenta una elección:

«Escoge, pues, la vida» (Deuteronomio 30:19).

Este llamado nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias espirituales y que el poder de decidir está en nuestras manos.

Cada día podemos elegir entre acercarnos a Dios o alejarnos de Él, entre obedecer Su Palabra o permitir que otras influencias dirijan nuestra vida.

Y aunque muchas personas se preocupan por la muerte física, existe una cuestión todavía más importante: ¿en qué condición espiritual se encontrará nuestra alma cuando llegue ese momento?

En la Biblia, la muerte también puede representar la separación espiritual de Dios. Por eso, no se trata solamente de cuánto tiempo viviremos, sino de cómo estamos viviendo delante de Él.

Una vida sometida a la verdad

El Señor Jesús dijo:

«El que come Mi carne y bebe Mi sangre, permanece en Mí y Yo en él» (Juan 6:56).

Estas palabras nos muestran la importancia de mantener una comunión verdadera con Él.

No se trata de buscar a Dios únicamente cuando enfrentamos dificultades, sino de permitir que Su Palabra forme parte de nuestras decisiones diarias.

Todos enfrentamos problemas y momentos de sufrimiento. Sin embargo, nuestra relación con Dios no debe depender solamente de lo que estamos viviendo, sino de nuestra disposición a permanecer fieles a Él.

La pregunta no es únicamente si deseamos que nuestra vida cambie, sino si estamos dispuestos a someternos a la verdad que puede transformarla.

Reflexione: Si hoy tuviera que examinar sus decisiones, ¿a quién descubriría que le está dando más lugar en su vida: al Espíritu Santo o a aquello que lo aleja de Dios?