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Confiar también es obedecer

Confiar también es obedecer

¿Por qué confiamos en los hombres, pero dudamos de Dios?

Cuando subimos a un avión, no le preguntamos al piloto si sabe volar. Simplemente tomamos nuestro asiento y confiamos en que sabe lo que está haciendo.

Lo mismo sucede cuando debemos someternos a una cirugía. Aunque no conocemos personalmente a quien administra la anestesia ni sabemos todos los detalles del procedimiento, confiamos en que los profesionales están preparados para realizar su trabajo.

En ambas situaciones, depositamos nuestra confianza en otras personas y aceptamos seguir sus indicaciones.

Pero ¿por qué, cuando se trata de la Palabra de Dios, muchas veces nos cuesta tener esa misma disposición?

La disposición para obedecer a Dios nace de escuchar y recibir Su Palabra. Sin embargo, cuando una persona no quiere obedecer, por más que conozca lo que está escrito, difícilmente pondrá en práctica aquello que Dios le enseña.

Muchas veces intentamos resolver los problemas espirituales utilizando únicamente recursos físicos. Sin embargo, hay situaciones que no pueden enfrentarse solamente con nuestra propia fuerza.

El Señor Jesús enseñó lo siguiente:

«Y Él les dijo: Esta clase con nada puede salir, sino con oración» (Marcos 9:29).

Aquí, Jesús les estaba enseñando a Sus discípulos la importancia de la oración ante una situación espiritual que ellos no habían podido resolver.

Esto nos lleva a reflexionar: ¿cómo podemos saber si estamos permitiendo que el Espíritu Santo actúe dentro de nosotros?

La Biblia nos advierte sobre dos temas que, aunque son diferentes, están relacionados entre sí.

El primero es entristecer al Espíritu Santo:

«Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, por el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Efesios 4:30).

Y el segundo es apagar Su fuego:

«No apaguen al Espíritu Santo» (1 Tesalonicenses 5:19).

Apagar ese fuego está relacionado con nuestras decisiones. Así como una persona decide ayunar, orar o buscar a Dios, también puede decidir dejar de hacerlo.

En estos dos versículos, vemos que las advertencias están dirigidas directamente a nosotros y a nuestras decisiones. Expresiones como «no entristezcáis» o «no apaguen» son advertencias personales que nos llaman a reflexionar sobre nuestras acciones.

Nadie puede tomar esas decisiones por nosotros. Cuidar nuestra relación con el Espíritu Santo es una decisión personal.

Sabemos que debemos alimentarnos bien para mantenernos saludables, pero a veces decidimos comer alimentos que no nos hacen bien.

Lo mismo sucede con nuestra vida espiritual. Así como una mala alimentación puede afectar nuestra salud física con el tiempo, nuestras decisiones también pueden debilitar nuestra vida espiritual.

Por eso, debemos preguntarnos: ¿cómo está mi salud espiritual?

Cuando comenzamos a desobedecer conscientemente la Palabra de Dios, corremos el riesgo de acostumbrarnos a aquello que antes reconocíamos como incorrecto. Poco a poco, el pecado puede comenzar a parecernos algo natural.

Es entonces cuando llegan las derrotas espirituales, una tras otra, y nuestra salvación puede ponerse en riesgo.

Si estamos siendo vencidos espiritualmente, debemos examinar nuestras decisiones en lugar de pensar que Dios desea nuestra derrota.

Si somos capaces de confiar en otras personas sin conocer todos los detalles, ¿por qué nos cuesta tanto confiar en la Palabra de Dios?

La verdadera confianza en Dios no se demuestra solamente con palabras, sino con nuestras decisiones. Porque no basta con conocer Su Palabra; también debemos estar dispuestos a obedecerla, incluso cuando nuestra propia voluntad nos dice lo contrario.