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¿Quién era el extraño?
Desde el momento en que uno nace, la primera persona que lo ve es su madre o su padre, y desde ese momento ellos lo conocen más. Saben qué lo hace feliz, qué lo enoja y qué le molesta. Ellos no son extraños a nuestras necesidades.
En el proceso, al tener una relación con sus padres, se aprende qué hacer para agradar y mantener una buena relación. Como hijo, se entiende que, si una regla de la casa se rompe, esa relación de confianza también se quiebra.
Uno se vuelve extraño. El diccionario define esta palabra así: alguien o algo que no es conocido o familiar.
¿Será que, de verdad, uno se vuelve extraño o que uno los trata como extraños?
Hay que reflexionar esta pregunta: ¿usted sabe por qué los enemigos son enemigos?
Porque ellos se tratan como extraños el uno al otro. Es decir, se vuelven enemigos porque sus pensamientos no son iguales y son distintos entre sí.
Por eso, la Biblia nos dice:
“y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz; por medio de Él, repito, ya sean las que están en la tierra o las que están en los cielos. Y aunque vosotros antes estabais alejados y erais de ánimo hostil, ocupados en malas obras” (Colosenses 1:20-21).
El punto al que se quiere llegar es que, antes de que Jesús fuera crucificado, uno era extraño para Él. Antes de descubrir lo que Él hizo por nosotros —la humanidad—, uno lo trataba como un extraño. Pero Él no. Él, como el Padre, siempre buscaba a uno para reconciliar las cosas. Pero lo rechazamos y lo tratamos como un extraño.
Pero Jesús, por medio de la cruz, lo reconcilió todo. Y uno tiene que tomar conciencia de esto, especialmente porque ahora estamos en un tiempo de crecimiento espiritual.