Noticias | - 2:41 pm
En Los Ángeles, o tal vez en todo Estados Unidos, cuando uno maneja de un punto a otro, se nota el cambio drástico entre un vecindario y otro. Y uno ni siquiera tiene que manejar muy lejos para ver este cambio; a veces basta con cruzar la calle. Se nota el cuidado, la preocupación y el interés por mantener la calle limpia. Es más, cuando un vecindario está limpio, el ambiente cambia drásticamente y se percibe que a la gente que vive ahí le importa que todo se vea presentable.
Lo más interesante es que, visto desde afuera, los vecindarios que tienen buen cuidado parecen parches en el desierto donde fluye agua.
La Biblia nos dice así: “El desierto y la tierra seca cantarán de alegría; los terrenos resecos celebrarán y florecerán como una rosa” (Isaías 35:1).
Muchos están secos, tristes, sin alegría y sin agua para florecer. Solo porque un lugar es considerado urbano o peligroso para vivir no significa que tenga que verse así o identificarse de esa manera. Cuando se habla de desierto, no se está hablando del área, sino del individuo. Ahí está el detalle: el individuo tiene una necesidad de renovación, pero para que eso suceda, uno tiene que hacer su parte.
Cómo un lugar se ve estéticamente no tiene que ver con el área, sino con la gente que habita ahí.
Por eso la Biblia nos enseña así: “Abriré camino en el desierto y ríos en la soledad… para que beba mi pueblo, mi escogido” (Isaías 43:19–20).
Aquí, el Señor está diciendo que nos transformará en fuentes para que los demás puedan beber. Sí, nosotros podemos estar pasando por momentos difíciles y hasta vivir en un lugar donde todo parezca desolado, seco y hasta feo. Pero eso no significa que uno tenga que identificarse con el lugar donde vive o con la situación.
Uno debe descubrir cómo identificarse en Dios y hacer la diferencia.