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¿Dónde comienza el cambio?

¿Dónde comienza el cambio?

¿De dónde comienza la verdadera transformación?

Muchos, cuando pensamos en cambios, pensamos en lo externo. Nos decimos que, al tener ropa nueva, un carro o cualquier cosa que creemos que nos traerá “satisfacción” externa, vamos a sentir la transformación. A veces, incluso queremos adoptar una filosofía de vida, pertenecer a una denominación o tener una religión.

Pero lo que verdaderamente provoca transformación no tiene nada que ver con la religión, la filosofía ni las modas.

Por eso, si queremos transformación, lo que verdaderamente deberíamos pedirle al Padre es:

  • Un corazón rendido y obediente, dispuesto a ser moldeado por Él.
  • Una fe pura y real, que no sea de apariencia ni fingida.
  • Un carácter firme, que se mantenga íntegro en todo lugar: en casa, en la iglesia y en el trabajo; que no se corrompa ni sea inestable.

¿Y por qué debemos pedir esto?

El propósito de Dios comienza dentro de nosotros. Él permite luchas y pruebas para formarnos y hacernos Sus testigos.

Como resultado de ese proceso, la transformación interior se vuelve visible hacia el exterior. Quienes nos rodean comienzan a notar algo diferente: una esencia que impacta no solo con palabras, sino con el propio testimonio.

El camino hacia la transformación pasa por momentos difíciles, pero todo lo que el Señor hace tiene un propósito.

¿Por qué sucede esto?

Para que aprendamos a mirar, pensar, hablar y actuar de una manera distinta con nuestros familiares: en el matrimonio, como padres y como hijos.

Para que podamos enfrentar los desafíos de la vida con seguridad y vivir en paz con nosotros mismos.

Esto nos ayuda a descubrir que, en medio de las dificultades, estamos siendo disciplinados y formados a Su manera, para que seamos hijos legítimos de Él.

Por eso la Biblia dice:

“Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no hijos verdaderos” (Hebreos 12:7-8).

Dios es justo, no injusto. La disciplina demuestra relación y que Él está formando Su vida. Así como nos corrige, si somos obedientes a Su voz y firmes en la fe, Él nos justifica y nos bendice para la gloria de Su nombre:

“…pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:10-11).

La transformación comienza de adentro hacia afuera; por eso, tenemos que tener un carácter que no se quiebra.